La encantadora de hombres

Publicado el 9 marzo, 2020 Publicado por Joaquín Leyva

El gentío estalló en estrépito y aullidos, al verla aparecer entre las cortinas de satín como una milagrosa aparición esperada con ansias luego de más de una hora de expectación de aquella muchedumbre, que la esperaba como la presentación estelar de esa noche. Llegó ataviada en su deslumbrante desnudez dejando a su paso una estela luminosa, en medio de una nube espesa mezcla de humo, tabaco, alcohol y sudores. Ella avanzó imperturbable hacia el centro del morbo, envuelta entre vítores lascivos y manifestaciones ardientes de deseos.

Entrecruzó sus piernas. Se deslizó con suavidad y rodeó con sus manos de terciopelo la tibieza fálica del tubo. Ascendió y se enredó voluptuosa para iniciar desde lo más alto del mástil, el ritual de la serpiente encantadora de hombres, dejando caer en sus bocas babeantes las primeras semillas de lujuria y deseo incontenidos.

Más allá de su desnudez, la blancura de su cuerpo los había alucinado, dejándolos boquiabiertos, enceguecidos. Había en éste, una perfecta armonía, un equilibrio avasallador y de él, emanaba una exquisita claridad que perturbaba hasta el más apático e indiferente de los ahí presentes.

El contoneo cadencioso inició con un medio giro pendular, asida al timonel de sus caprichos, en el centro de un mar de desenfado que trasminaba por su rostro impasible e indiferente. Ella mecía sus caderas como dos atarrayas llenas de peces multicolores, que destellaban y se hundían en las miradas ávidas de los marineros que parecían ver en ella a una sirena; como dos olas silenciosas, buscando con ello sumergirlos en su vaivén erótico poco a poco, sin más intención que aquella de encantarlos, hasta que éstos alcanzaran a acariciar el delirio.

De la aparente calma, fue transitando lentamente a la metamorfosis animal más increíble, motivada por la arenga desenfrenada de la chusma que le pedía más, cada vez que ella invadía con sus manos los más recónditos territorios de su cuerpo, trayendo entre éstas, pequeños diamantes, quemantes brazas, luminosas perlas impregnadas de extrañas sustancias  plagadas de incitantes aromas y que ella ponía antes sus narices como provocativos anzuelos sexuales.

De súbito, detuvo su encantamiento. Se quedó quieta, petrificada como una blanca e indefensa estatua en medio de la plaza. Su mirada se clavó en uno de los monitores colocados por encima de la barra del bar. Las imágenes de un documental ahí proyectadas, la habían paralizado por completo. A través de él, se daba cuenta de todo el proceso gestacional en la mujer. De cómo en su vientre, iba tomando forma y latiendo una nueva vida. De cómo ese pequeño camarón que habitaba en ella al principio, se convertía luego en un hermoso pez, para después empezar a navegar y nadar por sí mismo, enfrentándose ya a las grandes aguas.

Una pequeña lágrima empezó a rodar por su mejilla. Extrañas y encontradas sensaciones la empezaron a invadir en medio de aquella rutina cotidiana. Sintió unas ansias infinitas  de abandonar el escenario y dejarlo todo. De refugiarse en su camerino y no saber más de nadie. Dejar con un palmo de narices a aquella horda insaciable de hombres que nada sabía de su pasado.

Una marejada de recuerdos inesperados acudió a su mente, a punto de ahogarla, de vencerla, y aniquilarla dejándola a merced del viento para sumergirla en un mar de culpas inmerecidas. Pensó en una noche de boda que nunca existió; en sus incontables amantes ocasionales; en las promesas de amor incumplidas; en la necesidad de vender su cuerpo al mejor postor…en tantas cosas que la herían. Pero sin duda, el más doloroso recuerdo, era pensar en aquellos pequeños peces que navegaron en el tibio mar de su vientre, y que nunca llegaron a ver la amorosa luz de su mirada.