Los pájaros del hambre

Publicado el 3 marzo, 2020 Publicado por Joaquín Leyva

Despertó al golpe violento y deslumbrante del alba. Buscó entre sus pocas pertenencias los instrumentos de pesca que a duras penas conservaba: una tarraya raída e incompleta, con un sinnúmero de hoyos por donde fácilmente podían escaparse los peces y unas cañas de pescar enmohecidas por el tiempo, que guardaba celoso bajo su miserable lecho.

Cruzó el umbral del chiname alucinado. Una extraña premonición lo había hecho despertar más temprano que de costumbre y encaminó sus somnolientos pasos rumbo a los restos de algo que quería parecer aún un estero o un pequeño lago de agua salada a punto de secarse.

Hincó sus rodillas curtidas y agrietadas por el sol y la sal sobre la fresca arena bañada de rocío. Colocó sus manos callosas sobre los muslos al mismo tiempo que de su amplia boca morena, se desprendía en forma de colibrí una extraña oración ininteligible. Levantó su cara ajada y dirigió su vista al infinito azul del cielo, esperando encontrar en el rostro de Dios una respuesta, a sabiendas de que éste, no acostumbra consultar a esa hora del día. Desplegó luego sus brazos hacia el frente, como las alas de un palomo moreno a punto de batir en vuelo.

Sintió una terrible punzada en el plexo solar, como si una espada de fuego se hubiese clavado un poco arriba de su sexo, sacándolo de su meditación e iniciando de esa forma una danza violenta y sublime que lo convirtió de pronto en un bailarín salvaje, cuyos movimientos lo alejaban de lo terrenal, dejando sólo en él la magia de una coreografía indescriptible y a la vez desgarradora: en giros violentos, lanzaba a uno y otro extremo la blanca red en cuyos hilos parecían prolongarse sus manos y  sus brazos, esperando capturar la tan ansiada presa que mitigara el cruento dolor que en su vientre provocaba el hambre.

Giró como loco en un movimiento que parecía interminable, hasta que bruscamente paró quedando clavado como un mástil en la arena. Bajo las plantas de sus pies sintió como de pronto, de la arena –convertida ahora en tierra árida y reseca—empezó a emerger un enorme árbol seco y tupido de chanates. En su alucinación creyó ver peces voladores. Y como poseído emprendió contra éstos un increíble ataque con imaginarias piedras, de tal suerte que en minutos tenía tendida frente a sí, una aterciopelada alfombra negra y luminosa.

Tomó sólo unos cuantos. “Aun en la pobreza, el hartazgo es indigno y de mal gusto –pensó-”. Mientras que con sus manos los desplumaba paciente. Su cárdena, negruzca y ceniza piel, fue quedando poco a poco al descubierto y al querer llevarse a la boca un pequeño trozo de esa carne que parecía carbón, sintió sobrecogerse: ésta era insípida, dura, reseca, como de hule y asquerosamente inmasticable. A punto estaba de deglutir el primer bocado cuando un violento golpe de brisa lo despertó. Había soñado que en su casa ya no había más que comer y que el mar celoso, había recogido sus frutos dejando esteros y bahías secos; había soñado que tenía hambre y ya no había más de qué vivir; que había sequía y mucha hambre por todos lados y que cielo y tierra negaban al hombre sus bondades. Había soñado también que los peces  se habían convertido en aves y que aterrados, emprendían la huída en desbandada, antes de ser pescados.