Quién dijo que todo está perdido

Publicado el 23 febrero, 2020 Publicado por Joaquín Leyva

Hacía ocho meses ya que Rosario lo había intentado dos veces sin poder conseguirlo.

Primero se había tomado un buen coctel de pastillas, y la segunda vez, cortándose las venas de sus muñecas con una filosa navaja. Sufría y penaba por la ausencia de su pareja hasta perder la razón, desde hace cinco años. Le daba por descontrolarse, acabar con su cordura y auto flagelarse con lo primero que encontrara a la mano de pura desesperación.

Acostumbraba golpearse contra la pared violentamente, jalarse de los pelos y romper botellas a puñetazo limpio, de puro coraje y rabia, en cuanto se enteraba que lo habían visto con otra. Incontables fueron las ocasiones en las que se la vio deambulando por las calles, de cantina en cantina en busca del amante perdido. Preguntando por él a todas las meseras. Como chiva loca que tira al monte, iba en su busca nomás veía que éste no recalaba a dormir.

No se sabía si era debido a los servicios carnales que éste le prodigaba; al carisma y simpatía que irradiaba, y con el cual atraía también a las demás mujeres; a la complacencia del más mínimo capricho en las buenas temporadas amatorias; al impresionante borboteo verbal del que hacía gala halagándole hasta sus pies deformes; al derroche de amor y a la locura que los envolvía, cada vez que él decidía ser su amante exclusivo, pero el caso es que esta mujer estaba bien emperrada por aquél hombre –solía decir la gente-.

Aquél día le habían avisado a Manuel que Rosario intentó suicidarse, que estaba muy grave y que viniera a verla. Dicen que la encontraron en el patio de su casa con un espumarajo y vomitando una cosa oscura y que así se la llevaron rápidamente a urgencias, con las manos estilando sangre, pues también se había cortado las venas, por si acaso fallara en el primer intento.

Después de haberla atendido, dijeron que no era conveniente que regresara a su casa en esas condiciones y que era necesario que ésta recibiera atención, un tratamiento especial, así que la familia dio la autorización, y de la clínica privada la trasladaron al hospital. Estuvo internada en el psiquiátrico por tres meses y su don Juan, sólo la visitaba muy de vez en cuando.

Dijeron los doctores que era muy peligroso darla de alta porque era probable que volviera atentar contra su vida en cualquier momento, dado su trastorno psicológico, que no era otro que el mal de amores.

Pasado aquel tiempo, el día ahora volvía a presentársele candoroso: irradiaba una atmósfera especial para el suicidio. Lluvioso, nublado, gris, desolado y extremadamente frío, como en ningún otro invierno. Sólo bastaba saltar por la ventana del tercer piso, dejarse hundir en la blancura de la nada y desaparecer.

La idea perturbadora empezó a rondar por su cabeza justo al amanecer. Se había despertado invadida por la ausencia y la melancolía que dan la soledad y el abandono. Y al ver resquebrajado ahora el cántaro que años atrás rebozaba felicidad, se preguntaba si en realidad el amor tendría que convertirse solamente en sacrificio… Si una se enamoraba realmente de alguien, o de algo. Una procesión de pensamientos desconcertantes desfilaba frente a su casa y ella los seguía a través de la amplia ventana, por la que su mirada desorientada se escapaba a esa hora de la mañana, en la profundidad de la calle vacía en busca de una explicación.

Salió de su casa con esas dos heridas frescas en el alma. Vestida de tristeza. Avanzó por la calle empedrada, encendida ya por los primeros rayos del sol. Atravesó el panteón que da a espaldas de su casa como todos los días, y se dirigió hacia la parada de camiones. Pero en esta ocasión se detuvo un poco más en el cementerio para observar con detenimiento algunas tumbas, atraída por los epitafios escritos en ellas. Y se quedó pensativa imaginando cuál sería el suyo y quién se lo habría de escribir cuando llegara la hora final.

Acompañada de un ligero equipaje, abordó el tren de los heridos, de los que sufren de amores y ausencias, desilusiones. De traiciones recientes y desamores. Siempre que la depresión le ganaba, -cada vez que Manuel desaparecía- buscaba ahora escapar yéndose de viaje a donde fuera. Como si cambiando de lugar o ciudad, pudiera deshacerse de ese sufrimiento, de esa malquerencia nacida de la infidelidad de su amante, que había dejado sembrada en ella, una pena que florecía ahora en un odio y desprecio enfermizos, sin dejarle pensamiento bueno alguno de dónde agarrarse para poder salvarse. Sin necesidad de tener que tomar aquella decisión última, impulsada por ese pensamiento que de manera recurrente se le venía a la cabeza. Y que se acrecentaba más, en los momentos de soledad en los que ella entablaba feroces discusiones con el fantasma de su hombre.

“Lo que no es querido ya, siempre queda atrás”. –Le había escuchado sentenciar alguna vez a Manuel, en son de burla-. Y ella, estaba ahora ya muy lejos para él de su vida.

Igual que en este momento, que viajaba en el último vagón del tren, hasta atrás, apartada del resto de los pasajeros. En realidad, ella quería estar así, pasar desapercibida ahora que estaba decidida a enfrentarse consigo misma. Sacó de su maleta algunas cosas que había tomado del guardarropa de su madre para no ser reconocida. Se enfundó una gabardina beige, se enredó una mascada de seda al cuello, se colocó el sombrero, encendió un cigarrillo y caminó hacia el espacio en el que se une un vagón con el otro y se quedó fija, de pie, mirando el horizonte, al mismo tiempo que con sus manos giraba la tapa de un pequeño frasco azul.

Quería volar, ahora que estaba convencida de que la muerte era la única forma de libertad más alta. Y de que la vida en realidad, no valía nada.
Como en un sueño, empezó a escuchar una voz lejana que serpenteaba por los pasillos del tren y que avanzaba hacia donde estaba ella.

Una joven mujer muy delgada y de oscura cabellera desordenada, que había abordado el tren una estación atrás, predicaba y encarnaba aquella voz, sobre la posibilidad de escapar en el último instante de la muerte si podías encontrar la ayuda de alguien: “Dile que no está sola, que va a salir de sus problemas.

Dile cualquier cosa buena que tú ya traigas aquí (adentro) en el pecho. Yo te puedo dar una lista de qué decir. Pero el chiste es que tú comuniques lo que ya sientes. Porque tus palabras, tu compañía, tu ser, todo tú, podría convertirse en el único motivo que le queda a la otra persona para seguir viva.

Y si te lo digo así, es porque así lo viví. Yo estoy viva gracias a esas palabras. De gente que no tenía ni idea de lo que yo estaba pasando hace cinco años. Cuando duré más de un año, pensando todos los días en suicidarme. Y ahora digo: ¡Oye!, si yo pude, pues cualquiera puede y simplemente no quiero que pase.

También sé que no hay vuelta atrás, porque también yo perdí a alguien muy querido. Y no quiero que a ti te pase. Simplemente creo que tenemos una cultura de remendarlo todo. Ya que pasó, ahora sí. ¡Ingasú, qué hago!, ¿cómo lo arreglo? Pero, ¿sabes qué?, para la muerte ya no hay regreso. No, no hay. Yo no puedo regresar el tiempo y decir: ahora sí, ya sé cómo hacerle. Lo voy hacer, ¡no! Lo único que me queda ahorita, es evitar que a otras personas les pase.

Ella –la persona– se hunde en su circunstancia. Piensa que nunca va a poder salir de ahí, pero tú, tienes la oportunidad de demostrarle lo contrario…”

Y en ese instante, alguien alcanzó a tomarla de la mano, antes de que ésta se lanzara al vacío. El frasquito se estrelló contra los rieles del tren, dejando una lluvia fina de luminosas agujas azules que se quedaron flotando en el aire. La joven predicadora entonces se volvió de espaldas, sonrió y se perdió cantando entre la bruma blanca: “cuando no haya nadie cerca o lejos, yo vengo a ofrecer mi corazón/ quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”.