La sombra

Publicado el 8 octubre, 2019 Publicado por Joaquín Leyva

Está encadenado desde hace ya tiempo a las entrañas de la muerte, sin posibilidad alguna de desandar lo andado y despojarse  de todos los pecados y rencores acumulados ahora en su pecho a punto de reventar. Y ahí está, pendiente de un hilo cristalino que a ratos lo mantiene vivo y que le regatea  los instantes gota a gota. De manera inesperada entre abre los ojos y busca en la penumbra de su mirada extraviada, la figura de esa presencia  que lo ha estado acompañando desde los últimos días, en los que llegaron hasta su casa unos hombres desconocidos y lo arrojaron a los pies de ella –sin pronunciar ninguna palabra– como un fardo cualquiera convertido en una pequeña masa informe, cárdena y sanguinolenta.

Lleva días peleando de manera absurda contra sí mismo. A estas alturas de la vida, le ha dado por aceptar que hizo mucho daño en el pasado a otras personas, e incluso a las de su propia familia y que éste es ahora el momento de reconvenirse a sí mismo y empezar a saldar las cuentas pendientes con su conciencia, alejada de él desde hace mucho tiempo.

Pero las fuerzas no le alcanzan  y el deseo es insuficiente. Mermado como está ahora, por los estragos del coraje y la rabia contenidos tanto tiempo, apenas si tiene ánimos para levantarse del lecho de la ignominia y vomitar su propia vergüenza verde  en el retrete que rebosa de tanta amargura contenida.

Los demonios de sus culpas no lo han dejado conciliar el sueño por varias noches y a cada momento se topa de improviso con esa presencia que ha decidido no dejarlo ni a sol ni a sombra. Que le persigue y atosiga de forma acuciosa  por cada uno de los rincones de la casa, sorprendiéndolo, asomando de pronto  su cara de topo inocente en el momento menos esperado, provocándole tremendos sustos.

La guerra entre ella y él, ha sido declarada a muerte y sin cuartel a partir de este momento, -anuncia para sí mismo con absoluta seriedad, como si alguien lo escuchara–, al mismo tiempo que su pensamiento delirante y alucinante, echa andar un mecanismo que le permita idear las estrategias que lo puedan llevar a consumar la venganza.

Resulta ahora que el remordimiento fugaz ante el pasado hace unos instantes convocado, se ha trocado ya en una sed insaciable del presente por tan tanta afrenta infringida a su persona débil, indefensa y enferma de parte de ella, que se ha mofado a raudales de él y de quien ha recibido sólo burlas y escarnio. Y entonces vuelve a aflorar su condición miserable y las circunstancias  y los roles se vuelven indefinidos.

Cada trozo de tortilla, cada mendrugo de pan que ha recibido de sus manos, le ha sido echado encara y se le ha vuelto un bolo amargo en medio de la garganta, cada vez que se lo dicen y se lo espetan en la cara. Y eso lo enerva y lo exaspera al extremo de llegar a vomitar, tanto los alimentos como las propias palabras.

Su madre se ha vuelto su propio verdugo, un enemigo verdadero.  Esa sombra que lo persigue y vigila día y noche para que no le robe absolutamente nada. La que se levanta adormilada y sonámbula en medio de la noche para hacer un inventario de lo que hay en el refrigerador, para que en caso de que falte algo, reclamárselo temprano al día siguiente. La misma que le ha negado muchas veces también su maternidad adjudicándole la condición de indeseable y miserable. Y ese coraje es el que trae atravesado desde el día que lo fueron a dejar ahí con ella, porque no tenían otra parte a donde ir a dejarlo. Él no puede disponer de nada, aunque se lo esté llevando la chingada de hambre.

Una mañana despertó postrado en el lecho del hambre. De sus ojos a punto de cerrarse, intentan salir dos luces cegadoras: una va derecho al rostro de su madre, que lo maldijo tantas veces, y la otra hacia la muerte que lo observa directamente y que ha decidido venir por él para poder llevárselo tempranito y en ayunas, sin dejarle tiempo ya para el hurto de un último bocado.

 

 

 

Actor y cronista urbano.
joaquinleyva77@hotmail.com